Las horas, los días, los meses y los años pasan. Jamás pensé que una persona podía volverse pergamino. Las arrugas, signos de la edad. De pequeños las asociamos con las brujas malas o las abuelitas con olor a galletitas. Hijas legítimas del tiempo y el cansancio, trabajadas por el sacrificio, hermano del esfuerzo.
Otras inspiradas por los malos tragos y el sufrimiento, se van surcando en el lienzo de la vida. Se abren camino, de la mano de la frustración y el enojo. La tristeza, decepción, y cuanto más... Éstas son las arrugas que queremos cubrir, con poleras, guantes de cashmere y cremas con células rejuvenecedoras.
Pero no solo existen arrugas hijas del esfuerzo. La vida me ha enseñado que las cosas suceden por una razón y no es necesario detenerse en nimiedades. También las hay de tanto reír y vivir. De esas están llenas los rostros. Arrugas de goce y felicidad, de placeres y sensaciones, de sonrisas y ternura, de realización y tranquilidad.
Arrugas grandes y pequeñas, antiguas y recientes, profundas y superficiales... No existen certezas en la vida, nada seguro, estable o permanente; pero si hay algo a lo que no le podemos escapar.. el paso del tiempo.
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